ESCUCHANDO FOTOS – El Fuego de Hendrix

[Publicado en la revista Nevermind #1 de la editorial Mediazines – Enero 2015]

Rock and Roll. Es música, pero no es “sólo” música. Es una forma de entender la vida, pero tampoco esto lo definiría correctamente. Es la suma de un despertar, la exacerbación de la ira adolescente, de la angustia vital del paso a la vida adulta, es la rabia, pero también la alegría de vivir, la emoción del descubrimiento, la pasión en estado puro. Es una droga, un momento que puede resultar fugazmente eterno. Es el fuego.

Jimi Hendrix (nacido Johnny Allen Hendrix), el “mayor y más influyente guitarrista de la historia del Rock”, el “mejor guitarrista de todos los tiempos”, ya era una estrella reconocida cuando su Experience fue invitada a actuar en el Monterey Pop Festival, en junio de 1967, momento, según todos sus biógrafos, que marcaría su entrada en el elitista Olimpo de los Dioses (y Diosas), el reservado únicamente para los nombres que permanecerán en el tiempo, pese a la descontextualización y las periódicas e iconoclastas revisiones.

Eran los días de The Who: Pete Townshend y sus muchachos acababan de finalizar la gira estadounidense que los había consagrado como los grandes monstruos del mod y se presentaban como las grandes figuras de la velada, sumidos en su meteórica ascensión. También creciente resultaba su rivalidad con el joven Hendrix, hambriento cachorro en pos de su pedazo de gloria. Fechas antes ya tenido sus roces (demasiado ego para un solo escenario) pero en esta ocasión protagonizaron una sonora bronca en a la hora de salir a escena, pues ni los londinenses ni la Experience querían “telonear” a sus rivales. Finalmente, la fama de The Who pesó más frente al capricho de Paul McCartney que había supuesto la presencia de Hendrix. También se habla de una moneda lanzada como medio de dirimir la polémica.

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The Who saltaron, pues, a escena en la mejor franja horaria (sobre las 11 de la noche), realmente dispuestos a “destrozar”, como dijo Eric Burdon al presentarlos, a su público. Imaginemos la escena: en pleno advenimiento de la era de Acuario, en la que las viejas consignas continentales habían quedado anticuadas, tocaba reinventarse y despertar a aquella pléyade de pacíficos hippies. Claro está que los británicos eran, también en ese aspecto, unos maestros, y no iban a dejarse arrebatar el trono por aquel extraño guitarrista de mirada penetrante y actitud hosca. En efecto: bombas de humo, explosiones y destrozos de material acompañaron (para desesperación de los técnicos) a una actuación salvaje, dura y violenta, que contra todo pronóstico hizo las delicias de los cerca del centenar de miles de Hijos de las Flores acampados en el festival benéfico.

Creyéndose vencedores, asistieron entre bambalinas al breve y lisérgico recital de Grateful Death y aguardaron la salida a escena de quien creían derrotado. ¿Cómo iba a superar su alarde de caos escénico y nunca antes vista desatada violencia? Pero Hendrix sabía que su gran salto a la fama estaba al alcance de su mano: debía resultar vencedor de aquel singular duelo. Naturalmente, para ello no podía emplear las mismas armas. Se centraría entonces en su verdadero poder: el dominio sin comparación de las seis cuerdas.

Según narran las crónicas, y podemos comprobar en la grabación que, para fortuna de las generaciones venideras, se hizo del Festival, cada uno de los nueve temas que interpretó iba superando al anterior, enlazándolos en un viaje ascendente sin posibilidad de descanso. Ante todos se abría entonces un universo nuevo de posibilidades con el instrumento, que pasaba de ser un complemento más o menos activo para transformarse en protagonista absoluto, en un ser dotado de alma al que se podía hacer aullar, gritar, desgarrarse o gemir desesperadamente mientras se le hacía el amor. Nunca nadie antes había conjurado de tal manera a los dioses de las seis cuerdas, ni, a decir de muchos, nunca nadie después lo haría. Y, al final, este último y desesperado clímax, instante de pasión y entrega absolutos; el sacrificio definitivo. Las llamas se alzaron sobre el instrumento mientras aquel médium extraordinario se agitaba en trance. El público estallaba. La ceremonia había concluido.

El fuego de Hendrix

El fuego de Hendrix

Nosotros no estuvimos allí. Pero gracias a ese bastardo afortunado genio de las lentes, Jim Marshall, hoy podemos intuir lo que supuso. La luz del fuego reflejándose en la perlada frente de Hendrix, absolutamente entregado, cercano al trance místico, sus manos, que parecen ondular con la misma vibración con la que se quejan las cuerdas tan duramente maltratadas, la oscuridad tras él, que se intuye espesa, pesada, como el aire suspendido que precede al gran trueno, justo el momento en el que las respiraciones de contienen, se coge aliento… y estalla. El público enloquece. El alma se desborda. El éxtasis se alcanza.

Hay algo primitivo en esta fotografía. Algo que apela a nuestros terrores y deseos colectivos: es el fuego. La llama junto a la que se narran las historias o se celebran ceremonias chamánicas, escenas que aún permanecen incrustadas en nuestro inconsciente más primario.  Es el Rock, amigo mío, y no vas a poder definirlo en términos de lógica matemática. Su belleza reside en su salvaje capacidad de rascarnos de encima la levísima costra de civilización y lanzarnos a la pureza de la exaltación irracional. Al regresar, de alguna manera, sabremos que somos diferentes. Porque, como entonces, hemos ardido en este fuego. Y el fuego nos ha purificado.

Almudena Eced

@_Maixta_

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