Festivales, una historia inacabada

[Publicado en la revista Playlist #1 de la editorial Mediazines – Enero 2015]

La música está tan íntimamente unida al espíritu humano como el baile, la droga y la obsesión por encontrar con quien practicar sexo. Por ello, desde el principio de los tiempos, las diferentes sociedades han buscado excusas para unirlo todo en bacanales que, por ser populares y por soslayar las diferentes cortapisas morales, se dieron en llamar festivales. Con la excusa de celebrar las fiestas patronales, el santo del señor feudal o el aniversario del último golpe de estado, dependiendo de cada caso, el populacho aprovechaba para, al menos durante unas horas, olvidar las penurias del día a día y emborracharse a dolor celebrar la diversidad de la existencia. Las autoridades permitían, incluso a veces fomentaban, dichas algarabías, siempre en nombre de la moral y las buenas costumbres. Nadie dudaba de qué auténtico objeto tenían las verbenas y reuniones de músicos, pero, bueno, dado que el pueblo es de natural vicioso, una válvula de escape de vez en cuando permitía controlar los daños y además dotaba de suculentos chismorreos con los que entretener al personal de vuelta a la cotidianeidad.

Ya en la modernidad, tras las grandes guerras, y en un momento en el que se comenzaba a reaccionar contra una rigidez de costumbres que duraba ya demasiado, los jóvenes decidieron recuperar el viejo espíritu ancestral de las celebraciones colectivas no institucionalizadas y, por tanto, no pasadas por el aburrido colador de la censura adulta, reactivando el fenómeno de los festivales musicales, aunque reinterpretándolos a su imagen y semejanza en una brillante adaptación a las nuevas necesidades de búsqueda espiritual y esparcimiento festivo. Así, a partir de finales de los años 60 del pasado siglo, la celebración de grandes eventos musicales sirvió de señuelo y excusa para todo tipo de tropelías que  adolescentes y posadolescentes, sin la presencia paterna (esto ocurría, como queda dicho, durante el siglo pasado, en el que se deseaba huir de tal tutela; en la actualidad no es nada extraño ver a padres e hijos compartir en aberrante comunión este tipo de experiencias), aprovechaban para dar rienda suelta a sus necesidades más primitivas.

Con el albor del nuevo milenio, la excusa musical se fue debilitando. Donde antes la adscripción a determinada tribu urbana era sagrada, de tal manera que se vestía, escuchaba, interpretaba y respiraba para un solo (a veces dos, pero siempre emparentados) estilo de música, la relajación de fronteras de los nuevos tiempos hizo que las ideologías tribales quedaran desfasadas. Así, cuando antes cada uno tenía “su” festival, al que sólo acudían los grupos más puros del ramo, hoy en día no es extraño el hermanamiento más o menos indiscreto de diversas tendencias, con carteles que atienden más a la potencia del reclamo que a su coherencia interna.

Una evolución equivalente ha sufrido el asistente a estos eventos. Al principio de los tiempos se trataba de auténticos fanáticos, capaces de cualquier tipo de locura con tal de reunir el dinero necesario como para pasar los días que durase el festival rodeado de “los suyos”, escuchando “su” música y consumiendo “sus” (ejem) sustancias lúdico-recreativas. Hoy la tendencia ha cambiado y el festival se ha transformado en una enorme pasarela. Ya no es el lugar donde demostrar la “pureza” del amor por el estilo, sino es el lugar donde demostrar el estilo para demostrar amor por… bueno, por el estilo en sí mismo. Así, de la misma forma en que la beata exhibe su santurronería en la iglesia o el poderoso sus contactos en las altas esferas en fiestas y cacerías privadas, el joven actual exhibe conocimientos y modernidad en los festivales de música. Unos conocimientos que son más un ejercicio memorístico que el producto de una pasión genuina, y un estilo que determinará la moda que dominará en la próxima temporada, a la manera de un desfile de prêt-à-porter en vivo.

Desde fuera, esto es, desde el universo adulto de señores de gris y manipuladores globales, se asiste con perplejidad a estas nuevas ceremonias de iniciación social. Por un lado, la eterna desconfianza que las autoridades tienen en los ciudadanos cada vez que se reúnen más de dos o tres, provoca que la presencia de Cuerpos de Seguridad sea cada vez más palpable, siempre teniendo en mente, por supuesto, el bienestar del ciudadano de a pie. Pero, por otro lado, la innegable virtud apaciguadora de estos eventos cada vez más festivos y menos reivindicativos, virtud achacable a la mezcla y el mestizaje, involucra a las instituciones que se sienten más inclinadas a colocar su sello subvencionador y marcarse una foto con la muchachada en alarde de modernidad y buenrollismo. ¡Pero si hasta se habla de una reina europea que asiste de manera más o menos frecuente a este tipo de reuniones! Evidentemente, la sociedad ha dado un paso de gigante. Lo que no se podría asegurar es en qué dirección.

Almudena Eced

@_Maixta_

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