ESCUCHANDO FOTOS – The Ramones: Insolente adolescencia

[Publicado en la revista Nevermind #2 de la editorial Mediazines – Febrero 2015]

La fotografía es la gran magia capaz de atrapar momentos, tan fugaces como inaprehensibles, normalmente, a la percepción humana. Esos instantes quedan ahí, congelados, conservados en el tiempo como un frasquito de esencias guarda en su interior toda su capacidad evocadora. Instantes que tal vez en su momento no representasen más que un compromiso, algo insignificante, tanto como cuatro huraños adolescentes apoyados en una farola, mostrando sus instrumentos sin fundas (se dice que no tenían dinero para tal lujo) en el exterior de un club mugriento en el que volcarían su frustración horas después en forma de desenfrenada y hormonal orgía rítmica. Y sin embargo, la gran magia se hizo: esa imagen formaría, desde entonces y por siempre, parte ineludible de la formación emocional de generaciones de amantes del Rock.

¿Cómo se produce esta alquimia, cuál es su fórmula secreta? Puede que el azar, puede que el genio. Seguro que la pasión. La misma que llevaría al jovencísimo Bob Gruen, un amante de la música incapaz (en sus propias palabras) de encadenarse a un trabajo de 9 a 5, a capturar cuantas imágenes pudo de cuanto artista encontró, forzando esos encuentros, prácticamente viviendo en el CBGB y el Max Kansas City, los dos puntos neurálgicos de la convulsa escena neoyorkina de mediados de los setenta. La misma que le convirtió en testigo de primer orden de una revolución, la del punk, que tendría dos episodios, uno americano y otro británico. Nueva York y Londres. Ambos aprisionados por siempre gracias a su entusiasmo.

Pero su innegable calidad testimonial no explica el efecto que tienen estas imágenes en la retina de sus seguidores. Para ello habría que acudir a un reconocimiento más profundo que el meramente estético: esta foto nos habla directamente a los que no vivimos la adolescencia en una High School de teleserie, los que no fuimos jefa de animadoras ni capitán de ningún equipo de nada. Nos recuerda algo que parece que, con el tiempo, nos empeñamos en olvidar: la adolescencia apesta, pero es el único momento en el que nuestro Destino está sin escribir, un libro con las páginas en blanco. Y, a veces, solo a veces, lo que escribamos en ellas tiene el potencial de ser épico.

Un bar de moteros reconvertido en el templo del underground más arrastrado, situado en la zona más peligrosa de Manhattan, fue testigo de una de esas épicas. Allí, estos cuatro freaks escupían, en palabras del propio Gruen, “32 canciones en 15 minutos y todos nos quedábamos mirándonos los unos a los otros, preguntándonos ¿qué ha sido eso?”. En la época de la ampulosidad y el exceso, el ingenuamente rebelde minimalismo de los Ramones resultaba todo un desafío con el que resulta muy sencillo identificarse. Esto soy yo, esto es lo que quiero ser. De hecho, si estos tíos lo hacen, eh, no puede ser muy difícil, ¡quiero intentarlo! ¡Y lo haré a mi manera! Y así, aunque resulte pomposo definirlo de esta forma, es como se lleva la esperanza a una juventud aislada y condenada al tedio. Que ese legendario templo, el CBGB, haya acabado sus días agobiado por las deudas producidas por el cada vez más desorbitado alquiler y atenazado por la campaña de “limpieza” de la ciudad que realizara el alcalde Rudolph Giuliani, no es más que un triste y sórdido epitafio, el auténtico final del sueño adolescente enfrentado a la prosaica adultez.

Hay algo entrañable en esta imagen en un blanco y negro sucio, casi torpe, a tono con el indolente desgarbo de los cuatro inadaptados que la protagonizan. Tommy, el segundo por la izquierda, permanece tieso, rígido, parece no saber muy bien qué hacer. Johny, a su derecha, fuerza una pose que pretende ser de tío duro, pero que la traición de la raída y corta camiseta y el absurdo llavero colgante transforma en ligeramente ridícula. De los otros dos qué vamos a decir. Dee Dee, el primero por la izquierda, es un desastre viviente, con esas no sé si definirlo como sandalias y su aire ausente pero aun así chulesco y burlón. Por último, claro, como siempre, Joey. Joey, el hombre elefante, el noble gigante incapaz de sentirse cómodo en un mundo limitado, el niño-hombre que pega el estirón y no reconoce sus miembros, de repente tan grandes e ingobernables, parece pedir perdón por asomarse a la foto, mientras sujeta su botellín de cerveza.

Existen otras fotos de Ramones, sin duda, en las que aparecen perfectamente uniformados y aparentando, más o menos, ser las estrellas del rock que sin duda merecerían haber sido. Pero en esta aparece en todo su esplendor la inexplicable magia de su desvalimiento, ese mismo que les proporcionaría la rabia escénica y el incomparable talento compositivo con el que se defendían de un mundo que los marginaba. Por raros, por marginales. Por adolescentes.

Porque esto es lo que es la adolescencia, y no las  imágenes edulcoradas de jóvenes guapísimos, brillantes y seguros de sí mismos que nos muestran las teleseries de facturación yanqui. La verdadera adolescencia son cuatro tipos feos, con pinta de retrasados, que no saben posar y que llevan a rastras sus instrumentos con más ilusión que medios porque lo único que quieren es salir esa noche a tocar, a conquistar tu amor y, después, el puto mundo.

Almudena Eced

@_Maixta_

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