ICÓNICO – The one you love to hate

[Publicado en la revista Playlist #3 de la editorial Mediazines – Marzo 2015]

Odiar está de moda. En la era de Internet y los 140 caracteres, cuando cualquier gañán con un dispositivo se cree capacitado para opinar sobre cualquier tema gracias a un titular leído de pasada, obtiene más reconocimiento un ataque que un aplauso. Es más sencillo: corresponde al impulso atávico e infantil de tirarle piedras al que nos pone nervioso.

Hay que reconocer que es tentador. ¿Quién no ha deseado secretamente desarrollar una personalidad troll en foros y redes sociales para apalear con cruel ingenio desde al vecino de sala virtual hasta a Justin Bieber? ¿Qué es más sencillo, mantener una conversación civilizada o acabar cumpliendo la Ley de Godwin? Pero al final, la mayor o menor capa de urbanidad con la que hemos querido dotarnos acaba imponiéndose, y ya sólo aquellos que carecen de otra personalidad virtual, si de algo así puede hablarse, recurren a la gratuita visceralidad carente de sentido del humor o ingenio.

Pero, ¿a quién odiar? ¿Contra quién dirigir dardos envenenados, golpes (virtuales) demoledores o críticas absolutamente destructivas? Por un lado, lo más sencillo si lo único que se busca es la rápida notoriedad de ser a su vez vilipendiado, es atacar a los que más seguidores poseen. Basar la propia existencia en haber tenido más cantidad de bloqueos y / o respuestas airadas de seguidoras de One Direction u Orlando Bloom es bastante triste, pero, eh, quiénes somos nosotros para juzgar la incapacidad de tener una vida propia. Aunque esto no deja de ser un mero juego de niñatos. Porque, como todo en esta vida, existen niveles de odio. Y odiar, odiar de verdad, no es tan fácil.

Odiar. Qué concepto tan poco estudiado y aun así tan manido por su extremo y vaciado empleo. Odiar eleva. Quien odia reconoce, admira y rechaza con igual vehemencia. Quien odia sabe del valor de lo odiado. Y por ello desea su destrucción inmediata. Frente a la oleada de políticamente correcto buenrollismo se impone aceptar uno de los impulsos más puramente humanos e intelectuales que existen: el odio. Hay que saber cuándo merece la pena odiar. Pero, sobre todas las cosas, hay que saber cuándo y cómo ser odiado.

Ser odiado es ser admirado. Ser reconocido como peligroso, como socialmente influyente, como real. Es mucho más tangible que su emoción contraria, ya que el amor se sustenta normalmente en la fantasía creada en torno a lo amado, conforme a la cual éste viene a ser todo lo que deseamos. En cambio el odio es el espejo de lo auténtico, lo odiamos porque no podemos modificarlo a nuestro antojo según los dictados de nuestra imaginación, siempre dispuesta a dejarlo todo bien ordenado en nuestro espacio ficticio para que nada nos moleste. Se odia lo que es real, lo que está ahí pese a todos nuestros esfuerzos por ignorarlo.

El joven Icónico casi no odia. Y no lo hace porque reconocer en los demás esa molestia le robaría demasiado del tiempo y la energía necesarios para vivir, crear… ser, en definitiva. Claro que no rehúye el odio que despierta. No necesita ser amado. Carece de esa ñoñería implícita de ciertas tendencias que buscan desesperadamente el afecto y la aprobación de mami y papi. El joven Icónico hace tiempo que se independizó emocionalmente de sus progenitores, de la sociedad, del mundo en general. Ah, y ya no recuerda el momento en que se liberó sexualmente, algo que parece ahora resultar excesivo en un universo aséptico de corazones, amor románticamente platónico y colores pastel.

Personal messages to deliver on Valentine's Day. Necco Sweethearts (conversation hearts)

No se crea un mundo nuevo desde el conformismo con el legado de los antecesores. Es imposible saberse fuera de la reiterativa mediocridad y tratarla con amabilidad: tan sólo sería condescendencia camuflada, una hipocresía de la que el joven Icónico huye por innecesaria. Frente a movimientos sociales nuevos (o no tanto, ¿no os recuerdan twees y normcores a aquellos añejos “niños bien” tipo Frankie Avalon o Little Eva?), forzadísimos monumentos que los incapaces han erigido a la insultante vacuidad de su mediocridad  (cual oda a Ralph Wiggum y adláteres), desde Icónicos reivindicamos el odio como marca distintiva, como señal en la frente que, como al Caín de Hesse, separa al individuo de la masa, a los hombres y mujeres con valor y carácter que, por ello mismo, resultan tan inquietantes a los conformistas, puesto que es la prueba de que vencer los propios temores, y salir triunfante de esta lucha, es posible.

A diferencia del vulgar ‘hater’, cuya única y perseguida esencia es una triste negatividad hacia todos y hacia todo, el joven Icónico se presenta como el espejo deformante en el que se intenta contemplar una sociedad vacía y absurda. El odio aquí recibido proviene del miedo, ya que, recurriendo de nuevo a Hesse, si odias a una persona, odias en su imagen algo que es parte de ti mismo. Lo que no es parte de nosotros nos es indiferente.

Por otro lado, si alguna vez odiamos, lo cual no es común, ya que para odiar hay que llegar a contemplar como digno aquello que decidimos detestar, al hacerlo le estamos proporcionando carta de existencia y, por ello, dignificando. Pero no te confundas, que tú nos odies no te garantiza la moneda de cambio. Probablemente, ni nos demos cuenta de que estás ahí.

Almudena Eced

@_Maixta_

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