ESCUCHANDO FOTOS – Freddie Mercury: Y el rock se hizo grande.

[Publicado en la revista Nevermind #4 de la editorial Mediazines – Mayo 2015]

Freddie Mercury, por Suzie Gibbons

 Ser una leyenda. Trascender. Lograr tocar con los dedos la gloria y que ésta no sólo no desaparezca sino que se acreciente tras tu desaparición. La aspiración de cualquier adolescente que se acerca por primera vez a un instrumento o un micrófono con el sueño del rock and roll en la mente. “Vamos a ser famosos, vamos a ser grandes”. No hace falta más que intentarlo, tener un gran talento, una gran determinación y un poquito de suerte. ¿Por qué no?

Y sin embargo, pese al esfuerzo, las oportunidades, las ilusiones, entrar en el Olimpo no es tan sencillo. Porque al empeño, al deseo y al trabajo hay que sumar un elemento tan esquivo como imposible de replicar: el carisma. Una magia específica que se derrocha en directo, que mana de forma natural sin que exista estudio ni explicación científica para ello. Que transforma a un tímido estudiante de prominentes incisivos y carácter descontrolado en el hipnotizador de masas que, como vocalista de Queen, logró tener durante algunos años al mundo en sus manos.

El mundo en sus manos

Farrokh Bulsara, o más bien su personaje, Freddie Mercury, creó un universo propio mezclando sin prejuicios elementos operísticos y de vodevil con composiciones musicales de alto nivel y base netamente rockera. Con una visión muy clara del espectáculo, alimentó su propia leyenda sacrificando su estabilidad emocional que volcaba sin limitaciones en escena (se dice que provocaba broncas entre bambalinas para lograr que la adrenalina fluyera al nivel suficiente) y aportando teatrales efectos especiales antes raramente vistos en conciertos de gran aforo, lo cual avivó su fama entre el gran público mientras sirvió a la crítica más sesuda como argumento descalificador: tanta pirotecnia debía ocultar, sin duda, una tremenda carencia compositiva. A esta a todas luces injustificada animadversión contribuyó la tensa relación que un ensoberbecido Mercury mantenía con la prensa, poco acostumbrada a lidiar con personajes tan imbuidos de sí mismos.

Porque Freddie Mercury fue un auténtico personaje. Si hubiera que definir a una estrella del rock basándonos en los tópicos y los sueños de adolescencia, se esbozaría una silueta muy similar a la del de Zanzíbar. Un hombre transformado en leyenda, capaz de trascender a su propia muerte en forma de sucesivas “reediciones”, bien de la banda original, bien de imitadores que buscan desesperadamente acercarse, siquiera de forma mínima, a rascar de esa manera algo de su magia. Genio y talento unidos a un descomunal ego y a una vida de excesos y carnalidad que, como en los cuentos moralistas que pretenden guiarnos por la senda de la rectitud, acaba pasando factura

Rey de reyes, por Denis O’Regan

El rock es espectáculo, es directo. Lo siento por todos aquellos que se refugian en técnicas más o menos espurias para fingir una perfección artística artificial, puesto que su impostura se descubre por sí sola. El rock es sudor, es sangre, está compuesto de cuantos flujos corporales podáis intuir. Pero sobre todas las cosas es carisma. El invisible e irrompible hilo que te mantiene pendiente del proscenio, sin parpadear apenas, durante todo el tiempo que dura el espectáculo. La emoción que puede llegar a ahogarte al escuchar un tema especialmente emotivo. La necesidad de que los ojos del protagonista se posen en los tuyos, de ser visto, de existir para el músico de la misma manera que él existe para ti. Este sueño es el que ha mantenido la rueda girando. Esto es un negocio, un lucrativo negocio que precisa de nuevos magos en cada temporada, para mantener la savia circulando. Freddie lo tenía todo. Todo lo que cualquiera, fan o empresario, podría desear.

Lucrativo negocio… que se lo pregunten a Brian May.

Prolífico en instantes épicos, existen miles de instantáneas que nos pueden transmitir la potencia de su actuación, la capacidad de movilización sobre el escenario, como en la mítica actuación en el Festival Live Aid de 1985 en la que es capaz de lograr que más de 70.000 personas canten a su mandato.

Pero es la imagen que encabeza este artículo la que refleja la consecución final del sueño que comienza en cualquier local de ensayo. El tema va a terminar, el público ha cantado, gritando, hasta la extenuación. Un último instante, un redoble, un rasgueo, el estertor final. Freddie lanza al aire, poderoso, el puño con el que domina la escena. La respiración se contiene, hay un brevísimo instante de silencio y entonces estalla. Los gritos, los aplausos, las ovaciones. El orgasmo colectivo. Él, mientras, permanece con la cabeza gacha, concentrado en sí mismo, mientras el sonido del triunfo pasa por encima como oleadas. Pura magia. Puro Freddie.

Almudena Eced

Post Scriptum: ¡Si hasta Google se ha rendido a sus pies!

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